Sofía y Ana siempre fueron las mejores amigas. No era que fuesen iguales, pero compartían una misma afición: el gusto por la lectura.
Desde pequeñas se destacaban en la clase por leer libros. Mientras los niños jugaban en los recreos, ellas dos se sentaban en un rincón y leían los libros que traían de sus casas o prestaban de la biblioteca. Se sabían desde los cuentos clásicos hasta los desconocidos. Y como amaban leer, nunca hicieron dramas en las clases por leer en voz alta. Incluso, los otros compañeritos le rogaban que les contaran la historia para hacer una tarea con tal de no leer el libro. Sofía, en ese aspecto, no cedía. Ana, en cambio, era más amable en ese tema y les comentaba lo que leyó.
Así crecieron, hasta que terminaron el colegio y cada una siguió su vida. A Sofía se le ocurrió estudiar Derecho para ser una excelente abogada. Ana, en cambio, siguió la carrera de Literatura y letras y se dedicó a la docencia. Con esto, las dos amigas se separaron por un buen tiempo, aunque siguieron comunicándose por teléfono y correo electrónico.
Un día, Ana recibió un correo de Sofía, en la que ésta le invitaba a su casa. Dijo que tenía una excelente colección de libros que mostrar y que, de seguro, le encantaría. La cita era el domingo por la tarde. Como Ana no tenía nada que hacer, aceptó la invitación.
Llegó el domingo. Sofía, luego de terminar sus estudios, salió de la casa de sus padres y se fue a mudar en un departamento. Por suerte, era cerca de donde vivía Ana, que también salió de la casa de sus padres y se compró una casita pequeña, pero linda. Odiaba los departamentos. Pero, por Sofía, aceptó ir en el suyo.
Cuando llegó, se sorprendió por lo mucho que cambió Sofía. Tenía el cabello corto y estaba más delgada. Ana, en cambio, seguía teniendo el pelo largo y recogido en una cola. Las dos amigas se abrazaron y empezaron a gritar de la emoción.
- ¡Tanto tiempo! ¿qué pasó de vos, que no venías más?- le dijo Sofía a Ana.
- Tuve mucho trabajo- dijo Ana- ¡Qué cambiada estás! Parecés una abogada.
- Y lo soy. Pero mejor pasá y dejemos de hablar de nuestros trabajos. Tengo que mostrarte mis libros.
Ana pasó con mucho gusto.
El departamento de Sofía era muy amplio. En una pared estaban colgados sus títulos y diplomas. La casa estaba llena de cuadros, pero en ningún lado vio una biblioteca llena de libros. La casa de Ana, en cambio, ya contaba con una biblioteca al entrar a la casa. La biblioteca estaba ordenada de acuerdo a los autores de los libros y de acuerdo a su categoría: novelas, cuentos, poemas, ensayos, etc…
Sofía la sentó en el sofá de la sala. Cuando Ana le preguntó por su biblioteca, Sofía le dijo:
- Ya lo verás. Te lo traeré enseguida.
Entró en una pieza y enseguida salió. En sus manos traía una laptop. Se sentó junto a su amiga, prendió la laptop y entró en una carpeta que estaba llena de documentos Word y pdf.
- ¿Y esto?- dijo Ana, sin entender.
- Es mi biblioteca- le dijo Sofía, como si fuese evidente- aquí tengo todos los libros que siempre he deseado, pero que nunca pude comprar. ¡Mira! ¡Tengo el libro completo de El Quijote! ¿No te parece emocionante?
Ana no sabía qué decir. Ya había oído hablar de esa clase de libros, que se leen directamente de la computadora y se bajan por internet. La verdad nunca se atrevió a tener libros así, dado que le parecía más cómodo leer los libros impresos. Sofía, desde siempre, fue amante de la tecnología y lo virtual. Por lo tanto, era comprensible que tuviese libros electrónicos, o “ibuks”, como los decía algunas personas.
- Vaya, y yo que esperaba encontrarme con una biblioteca normal- dijo Ana.
- Vivo en un departamento- dijo Sofía- no puedo tener tantas cosas. Por eso opté por esta clase de biblioteca.
- Pero las personas se impresionan más cuando entran en la casa de una abogada y ven su biblioteca- dijo Ana- siempre fue así.
- Es hora de cambiar ciertas costumbres- dijo Sofía- sé lo mucho que te costó el internet. Incluso tardaste tiempo en tener tu primer correo electrónico. Aunque no nos veamos mucho, nos comunicamos constantemente. Todo es gracias a la tecnología.
- Si, pero prefiero el contacto- dijo Ana- tu biblioteca es genial, pero hubiese querido palpar tus libros, hojear tus paginas… ¿lo entiendes?
- Puedes entrar en un archivo. No ojearas las páginas, pero podrías pasarlas.
Ana abrió un archivo que decía MUJERCITAS_LOUISA MAY ALCOTT. Conocía la historia, fue su favorita de cuando era niña, pero nunca leyó la versión original. Con el teclado, pasó las páginas que titilaban lentamente en la pantalla. Era la versión original de Mujercitas. Siempre quiso comprarlo y ojearlo antes de leerlo, así como oler sus páginas de libro recién comprado y hacer un espacio en su mesita de luz para acordarse de leerlo. No entendía cómo podía disfrutar de esas cosas si tenía el libro en una laptop, en la que tenía que hacer clik y buscar con el mouse la página en donde detuvo su lectura. Y dado que estaba dentro de una laptop, tampoco podía usar señalero. Y tenía una gran cantidad que fue coleccionando a lo largo de su vida. Tenía señaleros de cartulina, señaleros de colores, los de diseños extravagantes y los simples. Incluso, tenía señaleros naturales, que eran hojas secas, palitos recogidos del piso y hasta pétalos de flores secas. En todo eso pensaba mientras pasaba las hojas virtuales lentamente.
Cuando terminó las hojas, salió del programa. Miró a Sofía, que parecía muy feliz con su colección. Al final, le preguntó cuantos libros tenía dentro de esa máquina y le sorprendió lo que Sofía le dijo:
- Tengo exactamente 543 libros dentro de esa máquina. Y también tengo un CD, en donde tengo 600 libros más. ¿Y cómo crees que entraría toda esa cantidad de libros en este departamento? Será amplio, pero no tendré espacio para libros. Pero no te preocupes, en mi oficina tengo una biblioteca común, en donde puse las enciclopedias y libros de Derecho.
Ana abrió la boca al escuchar la cifra. Ella había tenido 800 libros en su casa, pero tuvo que tirar la mitad porque les afectó la humedad y el cupi’i. Fue una época muy dura y difícil. Lloró mucho al tener que tirar esos libros, y más porque eran los que siempre le gustaron. Y Sofía, en cambio, no solo tenía los libros en su laptop, sino también dentro de un CD. ¿No era eso injusto?
Pero entonces, se acordó de algo que le dijo una compañera de facultad hacia tiempo: que todo lo que venga de la computadora e internet nunca perduraría con el tiempo, porque solo basta con apretar un botón para eliminarlo todo. En cambio, el resto, se deteriora con el paso de los siglos y años, pero todavía se conservan y se pueden admirar y reparar. Sofía podría tener todos los “ibuks” que quisiera, pero si su laptop fuese afectado por un virus, todos esos preciados libros que le costó copiar y bajar de internet, desaparecerían por completo.
Pero decidió no aguarle la alegría a su amiga de la infancia. Hacía mucho que no se veían, y no se pondrían a pelear por diferencia de opinión. Al final, le dijo:
- Tu colección es excelente. Deberíamos leerlos algún día. ¿Sabes? Yo también tengo una espectacular colección de libros, pero de los impresos. ¿Cuándo vas a visitarme?
- Será en otro domingo- dijo Sofía- estoy ansiosa por ver esos libros.
- Bien, entonces pasa por mi casa el domingo que viene. ¿Aceptas?
- Acepto. ¡Nos veremos!
Al final, Sofía terminó copiando en un CD los libros que no tenía Ana, se los dio y le dijo que, si quería leerlos impresos, podía ir a una imprenta. Ana aceptó y le agradeció a su amiga.
Y desde ese domingo, se vieron con mucha frecuencia para leer libros, ya sea impreso o electrónico.
^^ Bienvenidos a mi página ^^
Esta página fue creada para mostrar algunos cuentos, reflexiones, poemas y dibujos que hice a lo largo de los años. Si tienen dudas o sugerencias, por favor escribanme a mi mail Solestelar@gmail.com e intentaré responder sus mensajes. Desde ya, gracias por visitar el blog ^^
¿No encontrás lo que querés leer? ¡Busca aquí! ^^
lunes, 4 de abril de 2011
sábado, 26 de marzo de 2011
vuelta estrella de ideas
“¡Un! ¡Dos! ¡Vuelta estrella!”
Era la indicación que nos daba la profe de educación física en el colegio. Y todos nosotros debíamos agacharnos, apoyar los brazos por el suelo y, con el impulso de nuestras piernas, dar la famosa “vuelta estrella”.
No importa cuanto intentara, nunca me salía. Parecía más bien un tropezón de cabeza abajo. Nunca había sido buena con los ejercicios físicos. Y, la verdad, de pequeña, era igual de ágil a como lo es una tortuga intentando correr a toda velocidad.
“¡Vamos! ¡Otra vez! ¡Un, dos!...”
Por suerte, no era la única que sufría con ese traumático ejercicio.
Había una compañera, que era muy gorda, que ni siquiera podía levantar los pies del suelo. Por alguna razón, la profesora se la tomó con ella y le exigía una y otra vez que volviera a intentarlo. La pobre estaba muy cansada. Parecía que le derramaron agua por su remera, pero en realidad era su sudor. Algunos de mis compañeros se rieron al verla.
De seguro, esa compañera se sentía patética.
No la culpo. Yo también me sentiría así si tuviese sobrepeso y tuviese que hacer ejercicios. Al menos, de niña nunca tuve ese problema. Mi único problema fue la clase de educación física.
Cansada de verla sufrir, le llamé a la profesora y le pedí que me explicara mejor cómo hacer la vuelta estrella. Por un momento, la profesora se olvidó de mi compañera gorda y se acercó a mí. Todos nos rodearon en círculo, dejándonos a la profe y a mí en el medio.
- Quiero que todos atiendan bien. Necesitan de un buen cálculo y tener mucha fuerza y agilidad, tanto en los brazos como en las piernas. Lo primero que deben hacer es separar las piernas.
La profesora tomó mis piernas y me indicó cómo separarlas. Luego se puso a mi lado y dijo:
- Quiero que sigas mis movimientos. Cuando te lo muestre, grábalo en tu mente e inténtalo. No te saldrá bien la primera vez. Pero si practicas te saldrá de maravilla.
Entonces, la profesora me mostró su vuelta estrella. Era espectacular. Lo hacía con mucha agilidad y gracia, que parecía una bailarina de ballet. Me dí cuenta de que ella no intentaba separar los dos pies del suelo al mismo tiempo. Primero comenzó con el izquierdo y luego con el derecho, que lo usó para impulsarse hacia adelante. Y terminó apoyando el pie izquierdo, luego el derecho y, al final, sus manos se separaron en el suelo y quedaron por los aires.
- Bien, es tu turno- me dijo.
Sí, memoricé sus movimientos. Tengo buena memoria. Mi cuerpo es el problema. Hice tal como ella me lo mostró, pero no terminé con las manos en el aire. Más bien terminé con mis nalgas por el suelo. Logré hacer una vuelta, pero no logré terminar parada.
Algunos compañeros se rieron. La profesora les hizo callar y dijo:
- No está mal, solo te falta equilibrio. Bien, terminó la clase. Pueden ir al recreo.
Pasaron muchos años, hasta que finalicé el colegio con notas sobresalientes. La verdad, nunca logré que me saliera la vuelta estrella, pero ya no me importaba. Pronto comenzaría con la vida universitaria y tenía otras preocupaciones más importantes que atender.
Un día, encontré un anotador extraño. Lo abrí y encontré un pequeño texto que decía:
“¡Un! ¡Dos! ¡Vuelta estrella!”
Era la indicación que nos daba la profe de educación física en el colegio. Y todos nosotros debíamos agacharnos, apoyar los brazos por el suelo y, con el impulso de nuestras piernas, dar la famosa “vuelta estrella”.
Seguí leyendo el texto, en la que me pareció muy conocida la historia. Hasta que, al final, el texto terminó de esta manera:
Pasaron muchos años, hasta que finalicé el colegio con notas sobresalientes. La verdad, nunca logré que me saliera la vuelta estrella, pero ya no me importaba. Pronto comenzaría con la vida universitaria y tenía otras preocupaciones más importantes que atender.
Eso era todo lo que decía.
Y entonces, me di cuenta de que el texto redactaba una experiencia que tuve en la primaria, de cuando aprendimos a hacer la vuelta estrella. Lo que no entendía era por qué hablaba también de cuando finalicé el colegio, en el último párrafo. Por lo visto, quise escribir una historia luego de aprender a hacer la vuelta estrella y nunca supe cómo terminarla.
Era la única hoja escrita. El anotador tendría como cien hojas en blanco, todas a la espera de que alguien se apiadara de ellas y las llenara de letras, palabras, oraciones y párrafos.
Por lo tanto, decidí continuar con la historia. Comencé con que encontré el diario y recordé mi infancia. No solo me frustré con la vuelta estrella, también me maravillé con las notas que sacaba en matemáticas, cómo me hice amiga de mi compañera gorda y cómo ella, durante la secundaria, hizo dieta y se volvió delgada y bonita. Recordé la vez en que mi hermano me asustó con un sapo muerto, cómo mi mamá lo reprendió, cuando viajamos a Italia y fantaseamos con las batallas del coliseo. También cómo noté que, un día, mis pechos me estaban creciendo y ciertas ropas ya me quedaban chicas. Creo que fui una de las primeras en usar corpiño, para que los varones empezaran a querer tironearlo. Uno de ellos recibió como regalo un ojo hinchado de mi parte.
También recordé la vez en que cumplí quince años. Ya me sentía grande, aunque todos me trataban como una niña. Y cuando cumplí dieciocho, para descubrir que recién a los veinte años podría comprar bebidas alcohólicas.
Y veinte años después, estaba yo ahí, recordando el pasado y escribiéndolo en un anotador antiquísimo. Muchas cosas cambiaron en veinte años: antes quería crecer, ser adulta, que me saliera la vuelta estrella y ser una gran corredora. La verdad, crecí tanto que soy más alta que mi mamá, pero no me siento en absoluto una adulta y aún me cuesta hacer los ejercicios físicos.
En honor a mi infancia, decidí volver a intentarlo. Tal como lo hice en aquella clase de educación física, separé las piernas y empecé a calcular cómo haría la vuelta estrella. Y, sin pensarlo, apoyé las manos por el suelo y me impulsé hacia adelante.
Sería hermoso terminar este relato con que, teniendo veinte años, por fin logré la vuelta estrella. Pero la realidad es otra: mis piernas cayeron pesadamente al suelo, haciendo que perdiera el equilibrio y me cayera por completo.
Ya en el suelo, me puse boca arriba y miré el techo de mi casa. Volvieron mis recuerdos, haciéndome entender que ya no era la misma. Bueno, sigo siendo la misma persona, pero ya con otro carácter y otro físico. Empecé a reírme como nunca antes, sintiéndome tal como se había sentido mi compañera gorda cuando intentó hacer la vuelta estrella: una completa idiota.
Así me encontraron mis padres, que llegaron del trabajo. Me preguntaron qué me pasaba y qué hacía tirada en el suelo.
- No me pasa nada- les dije- solo estaba recuperando el tiempo perdido.
Ellos suspiraron. Solo yo me entiendo, pero estoy feliz. Esta vuelta estrella de recuerdos y memorias me hizo ver la vida de otra manera. Y también me hizo reflexionar mucho sobre lo que quería ser en realidad.
Me puse frente a mis padres y, mirándoles fijamente, dije:
- Ya sé lo que quiero estudiar. Quiero ser profesora de historia y de educación física.
Era la indicación que nos daba la profe de educación física en el colegio. Y todos nosotros debíamos agacharnos, apoyar los brazos por el suelo y, con el impulso de nuestras piernas, dar la famosa “vuelta estrella”.
No importa cuanto intentara, nunca me salía. Parecía más bien un tropezón de cabeza abajo. Nunca había sido buena con los ejercicios físicos. Y, la verdad, de pequeña, era igual de ágil a como lo es una tortuga intentando correr a toda velocidad.
“¡Vamos! ¡Otra vez! ¡Un, dos!...”
Por suerte, no era la única que sufría con ese traumático ejercicio.
Había una compañera, que era muy gorda, que ni siquiera podía levantar los pies del suelo. Por alguna razón, la profesora se la tomó con ella y le exigía una y otra vez que volviera a intentarlo. La pobre estaba muy cansada. Parecía que le derramaron agua por su remera, pero en realidad era su sudor. Algunos de mis compañeros se rieron al verla.
De seguro, esa compañera se sentía patética.
No la culpo. Yo también me sentiría así si tuviese sobrepeso y tuviese que hacer ejercicios. Al menos, de niña nunca tuve ese problema. Mi único problema fue la clase de educación física.
Cansada de verla sufrir, le llamé a la profesora y le pedí que me explicara mejor cómo hacer la vuelta estrella. Por un momento, la profesora se olvidó de mi compañera gorda y se acercó a mí. Todos nos rodearon en círculo, dejándonos a la profe y a mí en el medio.
- Quiero que todos atiendan bien. Necesitan de un buen cálculo y tener mucha fuerza y agilidad, tanto en los brazos como en las piernas. Lo primero que deben hacer es separar las piernas.
La profesora tomó mis piernas y me indicó cómo separarlas. Luego se puso a mi lado y dijo:
- Quiero que sigas mis movimientos. Cuando te lo muestre, grábalo en tu mente e inténtalo. No te saldrá bien la primera vez. Pero si practicas te saldrá de maravilla.
Entonces, la profesora me mostró su vuelta estrella. Era espectacular. Lo hacía con mucha agilidad y gracia, que parecía una bailarina de ballet. Me dí cuenta de que ella no intentaba separar los dos pies del suelo al mismo tiempo. Primero comenzó con el izquierdo y luego con el derecho, que lo usó para impulsarse hacia adelante. Y terminó apoyando el pie izquierdo, luego el derecho y, al final, sus manos se separaron en el suelo y quedaron por los aires.
- Bien, es tu turno- me dijo.
Sí, memoricé sus movimientos. Tengo buena memoria. Mi cuerpo es el problema. Hice tal como ella me lo mostró, pero no terminé con las manos en el aire. Más bien terminé con mis nalgas por el suelo. Logré hacer una vuelta, pero no logré terminar parada.
Algunos compañeros se rieron. La profesora les hizo callar y dijo:
- No está mal, solo te falta equilibrio. Bien, terminó la clase. Pueden ir al recreo.
Pasaron muchos años, hasta que finalicé el colegio con notas sobresalientes. La verdad, nunca logré que me saliera la vuelta estrella, pero ya no me importaba. Pronto comenzaría con la vida universitaria y tenía otras preocupaciones más importantes que atender.
Un día, encontré un anotador extraño. Lo abrí y encontré un pequeño texto que decía:
“¡Un! ¡Dos! ¡Vuelta estrella!”
Era la indicación que nos daba la profe de educación física en el colegio. Y todos nosotros debíamos agacharnos, apoyar los brazos por el suelo y, con el impulso de nuestras piernas, dar la famosa “vuelta estrella”.
Seguí leyendo el texto, en la que me pareció muy conocida la historia. Hasta que, al final, el texto terminó de esta manera:
Pasaron muchos años, hasta que finalicé el colegio con notas sobresalientes. La verdad, nunca logré que me saliera la vuelta estrella, pero ya no me importaba. Pronto comenzaría con la vida universitaria y tenía otras preocupaciones más importantes que atender.
Eso era todo lo que decía.
Y entonces, me di cuenta de que el texto redactaba una experiencia que tuve en la primaria, de cuando aprendimos a hacer la vuelta estrella. Lo que no entendía era por qué hablaba también de cuando finalicé el colegio, en el último párrafo. Por lo visto, quise escribir una historia luego de aprender a hacer la vuelta estrella y nunca supe cómo terminarla.
Era la única hoja escrita. El anotador tendría como cien hojas en blanco, todas a la espera de que alguien se apiadara de ellas y las llenara de letras, palabras, oraciones y párrafos.
Por lo tanto, decidí continuar con la historia. Comencé con que encontré el diario y recordé mi infancia. No solo me frustré con la vuelta estrella, también me maravillé con las notas que sacaba en matemáticas, cómo me hice amiga de mi compañera gorda y cómo ella, durante la secundaria, hizo dieta y se volvió delgada y bonita. Recordé la vez en que mi hermano me asustó con un sapo muerto, cómo mi mamá lo reprendió, cuando viajamos a Italia y fantaseamos con las batallas del coliseo. También cómo noté que, un día, mis pechos me estaban creciendo y ciertas ropas ya me quedaban chicas. Creo que fui una de las primeras en usar corpiño, para que los varones empezaran a querer tironearlo. Uno de ellos recibió como regalo un ojo hinchado de mi parte.
También recordé la vez en que cumplí quince años. Ya me sentía grande, aunque todos me trataban como una niña. Y cuando cumplí dieciocho, para descubrir que recién a los veinte años podría comprar bebidas alcohólicas.
Y veinte años después, estaba yo ahí, recordando el pasado y escribiéndolo en un anotador antiquísimo. Muchas cosas cambiaron en veinte años: antes quería crecer, ser adulta, que me saliera la vuelta estrella y ser una gran corredora. La verdad, crecí tanto que soy más alta que mi mamá, pero no me siento en absoluto una adulta y aún me cuesta hacer los ejercicios físicos.
En honor a mi infancia, decidí volver a intentarlo. Tal como lo hice en aquella clase de educación física, separé las piernas y empecé a calcular cómo haría la vuelta estrella. Y, sin pensarlo, apoyé las manos por el suelo y me impulsé hacia adelante.
Sería hermoso terminar este relato con que, teniendo veinte años, por fin logré la vuelta estrella. Pero la realidad es otra: mis piernas cayeron pesadamente al suelo, haciendo que perdiera el equilibrio y me cayera por completo.
Ya en el suelo, me puse boca arriba y miré el techo de mi casa. Volvieron mis recuerdos, haciéndome entender que ya no era la misma. Bueno, sigo siendo la misma persona, pero ya con otro carácter y otro físico. Empecé a reírme como nunca antes, sintiéndome tal como se había sentido mi compañera gorda cuando intentó hacer la vuelta estrella: una completa idiota.
Así me encontraron mis padres, que llegaron del trabajo. Me preguntaron qué me pasaba y qué hacía tirada en el suelo.
- No me pasa nada- les dije- solo estaba recuperando el tiempo perdido.
Ellos suspiraron. Solo yo me entiendo, pero estoy feliz. Esta vuelta estrella de recuerdos y memorias me hizo ver la vida de otra manera. Y también me hizo reflexionar mucho sobre lo que quería ser en realidad.
Me puse frente a mis padres y, mirándoles fijamente, dije:
- Ya sé lo que quiero estudiar. Quiero ser profesora de historia y de educación física.
sábado, 19 de marzo de 2011
Windusty, la ciudad mágica
Sinopsis
Llegó el momento de la hoguera. Iban a quemar a la bruja que, según los pueblerinos, estaba invocando al demonio. Pero, en realidad, solo estaba tratando de crear un conjuro para vencer al demonio que asotaba al pueblo con una sequía terrible.
La bruja, una mujer asombrosamente bella, observó el cielo. Las nubes cubrían poco a poco el sol, lo cual era buena señal de que el demonio se estaba alejando poco a poco del lugar.
Y mientras la amarraban en un pilar de madera, la mojaban con querosene y aceite y la rodeaban de paja seca, tuvo una visión. Vio el futuro, en donde las personas como ella vivían escondidos de los no mágicos y eran muy felices. Vio también a sus tataratataranietos que, constantemente, eran perseguidos por una sombra maligna que quería arrebatarles su poder. La bruja era muy poderosa y, antes de ser atrapada por la inquisición, tuvo una hija a quien le transfirió sus poderes y la entregó a sus parientes. Sabía que esa hija tendría descendencia a quien también le transferiría sus poderes, y así seguiría de generación en generación hasta que la sombra maligna los encontrara y se hiciera completamente fuerte para dominar el mundo y eliminar a la humanidad no mágica de la faz de la tierra.
Ya cuando era consumida por las llamas, la bruja pronunció un conjuro. Ese conjuro iba dirigida a su hija, para que siempre estuviese protegida de todo mal. Así, lo transmitiría de generación en generación. Lastimosamente, ese conjuro no duraría para siempre. Llegaría un momento en que se rompería y correrían peligro constantemente.
Antes de morir, la bruja tuvo la esperanza de que, cuando se rompiera ese hechizo, su descendencia fuese lo bastante fuerte para poder enfrentarse al mal sin problemas.
Cinco siglos después, el hechizo se rompió.
Si les gustó la sipnosis, pueden leer el resto de la novela aquí: http://www.literativa.com/historias/3486/windusty--la-ciudad-magica.html
Aun está escribiendose ;)
Llegó el momento de la hoguera. Iban a quemar a la bruja que, según los pueblerinos, estaba invocando al demonio. Pero, en realidad, solo estaba tratando de crear un conjuro para vencer al demonio que asotaba al pueblo con una sequía terrible.
La bruja, una mujer asombrosamente bella, observó el cielo. Las nubes cubrían poco a poco el sol, lo cual era buena señal de que el demonio se estaba alejando poco a poco del lugar.
Y mientras la amarraban en un pilar de madera, la mojaban con querosene y aceite y la rodeaban de paja seca, tuvo una visión. Vio el futuro, en donde las personas como ella vivían escondidos de los no mágicos y eran muy felices. Vio también a sus tataratataranietos que, constantemente, eran perseguidos por una sombra maligna que quería arrebatarles su poder. La bruja era muy poderosa y, antes de ser atrapada por la inquisición, tuvo una hija a quien le transfirió sus poderes y la entregó a sus parientes. Sabía que esa hija tendría descendencia a quien también le transferiría sus poderes, y así seguiría de generación en generación hasta que la sombra maligna los encontrara y se hiciera completamente fuerte para dominar el mundo y eliminar a la humanidad no mágica de la faz de la tierra.
Ya cuando era consumida por las llamas, la bruja pronunció un conjuro. Ese conjuro iba dirigida a su hija, para que siempre estuviese protegida de todo mal. Así, lo transmitiría de generación en generación. Lastimosamente, ese conjuro no duraría para siempre. Llegaría un momento en que se rompería y correrían peligro constantemente.
Antes de morir, la bruja tuvo la esperanza de que, cuando se rompiera ese hechizo, su descendencia fuese lo bastante fuerte para poder enfrentarse al mal sin problemas.
Cinco siglos después, el hechizo se rompió.
Si les gustó la sipnosis, pueden leer el resto de la novela aquí: http://www.literativa.com/historias/3486/windusty--la-ciudad-magica.html
Aun está escribiendose ;)
domingo, 13 de febrero de 2011
Consejos con Sol
Escucha mis consejos y serás feliz. Si no eres feliz escuchando mis consejos, entonces no los escuches XDXDXD
Si vas de viaje, lo importante es el cepillo de dientes. Si te bañarás, no te olvides del jabón.
Nunca uses la balanza para saber si tenés unos kilos de más. Solo lograrás deprimirte y engordar más XD
Piensa dos veces antes de decir cualquier tontería.
Gobierna tu propia vida: no leas el horóscopo XD
Mejor piensa antes de gastar, si quieres conservar tus ahorros hasta fin de mes o para gastarlo en algo más importante.
El amor vale más que el dinero. Pero no se puede comer, ni vestir ni comprar con amor XDXDXD
Si vas de viaje, lo importante es el cepillo de dientes. Si te bañarás, no te olvides del jabón.
Nunca uses la balanza para saber si tenés unos kilos de más. Solo lograrás deprimirte y engordar más XD
Piensa dos veces antes de decir cualquier tontería.
Gobierna tu propia vida: no leas el horóscopo XD
Mejor piensa antes de gastar, si quieres conservar tus ahorros hasta fin de mes o para gastarlo en algo más importante.
El amor vale más que el dinero. Pero no se puede comer, ni vestir ni comprar con amor XDXDXD
miércoles, 12 de enero de 2011
Narrador
Casi siempre suelo ir a las tertulias literarias, que se realizan todas las tardes de verano en un café que queda a la vuelta de mi casa. A veces leemos fragmentos de novelas, cuentos o poemas de autores famosos, populares, conocidos y desconocidos. Los más "osados" se atreven a leer sus propias creaciones. Pero de lo que nunca me voy a olvidar es de una mujer que, solo una vez, pisó ese lugar para narrarnos una historia extraña.
Al principio, nadie le hacía caso. No era hermosa. Más bien tenía un rostro muy común. Era petisa y muy flaca. Lo único que llamaba la atención era que solo llevaba un aro grande en una de sus orejas. Y como casi nadie se fijó en ella, cuando pasó al frente, tuvo que sonar varias veces su garganta hasta que los que estaban más cerca se percataran de su presencia y pidieran silencio al público.
cuando por fín todos se callaron, ella comenzó a narrar su historia.
- El narrador estaba solo, encerrado en un rancho que se encontraba en la montaña más alta del mundo. No habían otras personas, ni plantas, ni animales a quienes contar sus historias. Y como fiel narrador, necesitaba que alguien lo escuchase. El problema era... ¿Quién podría ser ese alguien? Pensando y pensando, se le ocurrió una brillante idea.
Se quedó callada un rato. Al final, preguntó al público qué idea se le ocurrió al narrador.
- ¡Creó un amigo imaginario!
- ¡Habló con los objetos de la casa!
- ¿Invocó a Dios?
- ¡No! ¡Ya sé! ¡Bajó de la montaña para buscar a quien lo escuchase!
La mujer negó rotundamente con la cabeza.
- El narrador era ateo, así que no podía invocar a Dios. Y todos sus amigos imaginarios eran parte de sus historias. Y no tenía objetos, solo un rancho, que encima estaba cerrado con llave y las ventanas tenían barrotes. Por lo tanto, tampoco podía salir.
- ¡Ya sé!- dijo alguien del público- Estaba en una cárcel. ¡Y había guardias vigilando! Por lo tanto, les contó a ellos sus historias.
- ¡Ya dije al comienzo que estaba completamente solo!- dijo la mujer, que estaba disfrutando de la intriga del público.
Y como el público no captaba la idea, la mujer siguió con la historia.
- Lo que hizo ese narrador fue lo siguiente: contarse las historias a sí mismo. Se contó todo lo que sabía sobre las princesas, los duendes, los alienígenas, los ogros, las sirenas, las lombrices... hasta se contó historias verídicas, como la caída de Roma, el Renacimiento, el descubrimiento de América... y así, hasta que se dio cuenta de que ya se contó todas sus historias y que, muchas, ya eran muy repetitivas. Por lo tanto, supuso que la razón por la que nunca se aburría de contar lo mismo era porque, toda su vida, tuvo un público diferente. Iba de pueblo en pueblo, por lo tanto conocía otras personas con otras ideas y que, de seguro, nunca en sus vidas escucharon las historias que contó a los pueblos vecinos. Pero, como en esos momentos, él era el único público disponible, tenía que hacer todo el esfuerzo posible para inventar otras historias. Por lo tanto, volvió a pensar y pensar hasta que se le ocurrió otra idea: Mezclar las historias y, a base de eso, crear otras nuevas. Por ejemplo, se contó la historia de un alienígena que rescató a la princesa que, por perder un zapatito de cristal, quedó dormida por cien años.
Al decir todo eso, quedó en silencio. Todos quedamos expectantes por saber qué pasaba después. Al final, la mujer empezó a caminar, se sentó en su mesa y tomó tranquilamente un vaso de café como si nada.
- ¿Eso es todo?- dije, hablando por el público- ¿Qué pasó después? ¿Qué pasó antes? jamas nos dijiste cómo quedó encerrado ahí, ni cómo vivía ni nada.
- Ya no tengo más nada que decir- dijo la mujer- es todo lo que sé. Ahora, si me disculpan, tengo que ir a casa.
Cuando se fue, todos empezaron a discutir sobre la historia. Todos queríamos saber de dónde venía el narrador, qué hacía en ese horrible lugar, si alguien lo encerró y qué hizo para merecerlo. Hasta nos preguntamos si logró escapar de ahí, con qué se alimentaba, si realmente estaba muy solo y cómo solucionó sus problemas.
Cuando terminó la tertulia, fui a casa y busqué por Internet la historia que la mujer nos contó. No encontré nada. Busqué en todos los foros literarios, en todas las bibliotecas virtuales, en todas las páginas de cuentos... hasta busqué si había alguna película o algo relacionado con el tema.
Nada. Absolutamente nada. La única esperanza que me quedaba era regresar cada día a la tertulia, para volver a encontrarme con ella y exigirle que nos cuente toda la historia. O, al menos, que me diga de dónde la sacó o si es un invento suyo.
Pero nunca más regresó. Nadie nunca la vio. Era como si se hiciese humo. Como si solo hubiese existido para intrigarnos con esa historia.
Por suerte, días después, todo volvió a la normalidad. Cada tanto comentábamos sobre esa mujer, pero ya a nadie le interesó investigar sobre el tema. Pasó directamente a los temas sin resolver de las grandes incógnitas de la historia del mundo y del universo.
Al principio, nadie le hacía caso. No era hermosa. Más bien tenía un rostro muy común. Era petisa y muy flaca. Lo único que llamaba la atención era que solo llevaba un aro grande en una de sus orejas. Y como casi nadie se fijó en ella, cuando pasó al frente, tuvo que sonar varias veces su garganta hasta que los que estaban más cerca se percataran de su presencia y pidieran silencio al público.
cuando por fín todos se callaron, ella comenzó a narrar su historia.
- El narrador estaba solo, encerrado en un rancho que se encontraba en la montaña más alta del mundo. No habían otras personas, ni plantas, ni animales a quienes contar sus historias. Y como fiel narrador, necesitaba que alguien lo escuchase. El problema era... ¿Quién podría ser ese alguien? Pensando y pensando, se le ocurrió una brillante idea.
Se quedó callada un rato. Al final, preguntó al público qué idea se le ocurrió al narrador.
- ¡Creó un amigo imaginario!
- ¡Habló con los objetos de la casa!
- ¿Invocó a Dios?
- ¡No! ¡Ya sé! ¡Bajó de la montaña para buscar a quien lo escuchase!
La mujer negó rotundamente con la cabeza.
- El narrador era ateo, así que no podía invocar a Dios. Y todos sus amigos imaginarios eran parte de sus historias. Y no tenía objetos, solo un rancho, que encima estaba cerrado con llave y las ventanas tenían barrotes. Por lo tanto, tampoco podía salir.
- ¡Ya sé!- dijo alguien del público- Estaba en una cárcel. ¡Y había guardias vigilando! Por lo tanto, les contó a ellos sus historias.
- ¡Ya dije al comienzo que estaba completamente solo!- dijo la mujer, que estaba disfrutando de la intriga del público.
Y como el público no captaba la idea, la mujer siguió con la historia.
- Lo que hizo ese narrador fue lo siguiente: contarse las historias a sí mismo. Se contó todo lo que sabía sobre las princesas, los duendes, los alienígenas, los ogros, las sirenas, las lombrices... hasta se contó historias verídicas, como la caída de Roma, el Renacimiento, el descubrimiento de América... y así, hasta que se dio cuenta de que ya se contó todas sus historias y que, muchas, ya eran muy repetitivas. Por lo tanto, supuso que la razón por la que nunca se aburría de contar lo mismo era porque, toda su vida, tuvo un público diferente. Iba de pueblo en pueblo, por lo tanto conocía otras personas con otras ideas y que, de seguro, nunca en sus vidas escucharon las historias que contó a los pueblos vecinos. Pero, como en esos momentos, él era el único público disponible, tenía que hacer todo el esfuerzo posible para inventar otras historias. Por lo tanto, volvió a pensar y pensar hasta que se le ocurrió otra idea: Mezclar las historias y, a base de eso, crear otras nuevas. Por ejemplo, se contó la historia de un alienígena que rescató a la princesa que, por perder un zapatito de cristal, quedó dormida por cien años.
Al decir todo eso, quedó en silencio. Todos quedamos expectantes por saber qué pasaba después. Al final, la mujer empezó a caminar, se sentó en su mesa y tomó tranquilamente un vaso de café como si nada.
- ¿Eso es todo?- dije, hablando por el público- ¿Qué pasó después? ¿Qué pasó antes? jamas nos dijiste cómo quedó encerrado ahí, ni cómo vivía ni nada.
- Ya no tengo más nada que decir- dijo la mujer- es todo lo que sé. Ahora, si me disculpan, tengo que ir a casa.
Cuando se fue, todos empezaron a discutir sobre la historia. Todos queríamos saber de dónde venía el narrador, qué hacía en ese horrible lugar, si alguien lo encerró y qué hizo para merecerlo. Hasta nos preguntamos si logró escapar de ahí, con qué se alimentaba, si realmente estaba muy solo y cómo solucionó sus problemas.
Cuando terminó la tertulia, fui a casa y busqué por Internet la historia que la mujer nos contó. No encontré nada. Busqué en todos los foros literarios, en todas las bibliotecas virtuales, en todas las páginas de cuentos... hasta busqué si había alguna película o algo relacionado con el tema.
Nada. Absolutamente nada. La única esperanza que me quedaba era regresar cada día a la tertulia, para volver a encontrarme con ella y exigirle que nos cuente toda la historia. O, al menos, que me diga de dónde la sacó o si es un invento suyo.
Pero nunca más regresó. Nadie nunca la vio. Era como si se hiciese humo. Como si solo hubiese existido para intrigarnos con esa historia.
Por suerte, días después, todo volvió a la normalidad. Cada tanto comentábamos sobre esa mujer, pero ya a nadie le interesó investigar sobre el tema. Pasó directamente a los temas sin resolver de las grandes incógnitas de la historia del mundo y del universo.
domingo, 26 de diciembre de 2010
Cuenta en Twitter
Ahora tengo Twitter, es una página en donde se publican cosas, pero más bien textos cortos. Si tienen cuenta en Twitter me pueden buscar bajo el nombre de Meysahras. Publicaré más creaciones mías y variedades.
Aquí está la dirección: http://twitter.com/Meysahras
Y también pueden contactar a sus músicos y grupos favoritos, así como tambien canales, diarios, etc...
¡¡¡Que la pasen bien!!! ¡¡¡Y Felices Fiestas!!!
Aquí está la dirección: http://twitter.com/Meysahras
Y también pueden contactar a sus músicos y grupos favoritos, así como tambien canales, diarios, etc...
¡¡¡Que la pasen bien!!! ¡¡¡Y Felices Fiestas!!!
viernes, 24 de diciembre de 2010
Ideas para escribir una novela
De seguro, en algún momento de sus vidad, sintieron la necesidad de crear una novela, pero no sabían cómo hacerla. Es más fácil de lo que creen, solo hay que tener una buena idea y empezar a escribir.
Y si no les da la imaginación, no se desesperen. Sus propias vidas pueden convertirse en interesantes novelas. O también la vida de otras personas. Como quieran. De vez en cuando también pueden poner algo propio para que sea un poco más ficticio.
Si les interesa escribir sobre sus vidas o la vida de los otros, solo basta escoger una época o acontecimiento importante de sus existencias. No hace falta hacer toda una biografía. También puede ser algo que ocurrió durante un año o dos. En un año pasan muchas cosas. Por ejemplo, si yo quisiera escribir una novela elegiría los hechos que me ocurrieron este año, que son muchos: comencé la facultad, conocí nuevas personas, solucioné algunos problemas, por primera vez tenemos un perro en la casa, rescatamos a un pajarito... y lo relaciono con los hechos ocurridos a las personas que conozco y en el mundo, como que mi hermana tuvo novio, las dos coreas casi entraron en guerra, el caso de Wikileaks, etc, etc, etc.
No hace falta hacer algo tan extravagante o tan filosófico. Si quieren hacer algo así, está bien. Lo importante es que cualquier cosa que nos pasa en el día puede ser una gran fuente de inspiración para escribir una novela.
Eso es todo. Les dejaré en su libre albedrío de usar las ideas que les he dado. Y que tengan una feliz Navidad y un próspero año nuevo!!!! ;)
Y si no les da la imaginación, no se desesperen. Sus propias vidas pueden convertirse en interesantes novelas. O también la vida de otras personas. Como quieran. De vez en cuando también pueden poner algo propio para que sea un poco más ficticio.
Si les interesa escribir sobre sus vidas o la vida de los otros, solo basta escoger una época o acontecimiento importante de sus existencias. No hace falta hacer toda una biografía. También puede ser algo que ocurrió durante un año o dos. En un año pasan muchas cosas. Por ejemplo, si yo quisiera escribir una novela elegiría los hechos que me ocurrieron este año, que son muchos: comencé la facultad, conocí nuevas personas, solucioné algunos problemas, por primera vez tenemos un perro en la casa, rescatamos a un pajarito... y lo relaciono con los hechos ocurridos a las personas que conozco y en el mundo, como que mi hermana tuvo novio, las dos coreas casi entraron en guerra, el caso de Wikileaks, etc, etc, etc.
No hace falta hacer algo tan extravagante o tan filosófico. Si quieren hacer algo así, está bien. Lo importante es que cualquier cosa que nos pasa en el día puede ser una gran fuente de inspiración para escribir una novela.
Eso es todo. Les dejaré en su libre albedrío de usar las ideas que les he dado. Y que tengan una feliz Navidad y un próspero año nuevo!!!! ;)
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